¿Qué podemos hacer para proveer un ambiente armónico en casa?

¿Qué podemos hacer para proveer un ambiente armónico en casa?

El vínculo con el cual una pareja conforma una familia genera el encuentro de dos modos de pensar y estilos de vida diferentes y, a veces, hasta muy opuestos. Ese encuentro puede desembocar en un conflicto irresoluble y la ruptura final o, por el contrario, puede madurar ajeno a cualquier celo individual o ambición por dominar al otro, y así derivar en un entorno armónico y generar convivencia.

Cuando se permite que esto último suceda, el propósito común prevalece de manera natural sobre el propósito individual, de suerte que las diferencias, en vez de producir división, se convierten en rasgos complementarios que nutren y enriquecen el vínculo. Cuando esa base es puesta en el matrimonio, se prolonga sin dificultad al resto del hogar en el momento en que llegan los hijos; por eso lo mejor que podemos hacer por ellos es cuidar nuestra relación conyugal. En otras palabras, la armonía en el matrimonio asegura la armonía de la familia.

Recordemos que somos los modelos de comportamiento para nuestros hijos y que, ya sea que lo queramos o no, ellos replicarán ese modelo, dando cuenta así de lo que aprendieron de sus padres. En consecuencia, es fundamental que nos hagamos estos propósitos:

  • Antes de tomar una decisión pensemos primero en las consecuencias que pueden traer sobre los demás miembros de la familia.
  • Asumamos que las debilidades que vemos en los demás son reflejo de nuestras propias debilidades. Seamos flexibles y tolerantes.
  • Atesoremos el diálogo y la concertación como herramientas ideales para conseguir los objetivos que favorecen a toda la familia.
  • Controlemos el mal carácter y aprendamos a ceder y hacer concesiones aun cuando tengamos la razón. Si el resultado es beneficioso para todos, seguro que vale la pena.
  • Enseñemos a nuestros hijos a pedir perdón y a concederlo, y a no albergar resentimiento y culpa innecesariamente. ¿Cómo? Mostrándoles cómo lo hacemos los padres.
  • Enseñemos a nuestros hijos que está bien equivocarse, tener dificultades y fracasos. Aún más, motivémoslos a sacar provecho de los problemas y de sus errores para aprender y madurar.
  • Evitemos discutir delante de los chicos y descargar en ellos nuestra frustración o ira.
  • No permitamos que un fuego pequeño se convierta en un gran incendio. O dicho de otro modo, no dejemos que el enojo desemboque en violencia y destrucción.
  • Practiquemos el hábito de escuchar más y hablar menos.
  • Propiciemos las condiciones (calidez, confianza, equidad, amabilidad, alegría, tolerancia) que nos permitan compartir en armonía, ya sea como esposos, con nuestros hijos y otros parientes.
  • Propongámonos culminar todo malentendido o descuerdo con un acto reconciliatorio o una tregua, ¡jamás con una declaración de guerra!
  • Seamos recursivos y flexibles para hallar soluciones, no nos ahoguemos en un vaso de agua. Por lo general, hay más de una manera de ver y hacer las cosas.
  • Cerremos filas y unamos fuerzas en vez de dividirlas en torno a los desafíos y las metas familiares.
  • Sonriamos y cultivemos el buen humor, en las verdes y en las maduras.
  • Tengamos la valentía de aceptar que el otro también puede tener la razón y que, aun cuando no la tenga, merece nuestra atención y respeto.
  • Busquemos el consejo de personas que nos digan la verdad y no solo aquello que queremos oír.
  • Enseñemos a nuestros hijos que discutir no es pelear y que una cosa es expresar nuestras ideas y argumentarlas y otra muy distinta es criticar o juzgar.
  • Practiquemos la comunicación asertiva, es decir, la franqueza con prudencia, la verdad sin ofender al otro. No es procedente con la paz decir de todo, de cualquier manera, en cualquier momento y a cualquier persona. La asertividad también implica callar cuando es necesario.

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