¿No es la paz más que ausencia de conflicto?

¿No es la paz más que ausencia de conflicto?

Vivimos en un mundo en el cual las dificultades entre las personas son pan de cada día por cuenta del egoísmo, la ambición desmedida, la falta de diálogo, la intolerancia, la indiferencia. En las relaciones, parece tener más fuerza la discordia que la convergencia y ser más importante alimentar el conflicto que hallar las soluciones.

Además, a diario escuchamos de crisis y violencia en los hogares, entre los habitantes de las ciudades y el campo, de guerras armadas, sicológicas, mediáticas.

Es quizás por todo esto que tendemos a pensar en la paz pero en relación con la ausencia de guerra, la no existencia de conflicto. Aunque esto es en parte cierto puesto que las situaciones de conflicto producen inquietud y pueden afectar tremendamente la armonía, la paz es un estado de las personas y los grupos humanos que implica mucho más que eso.

La paz que proviene de la tranquilidad de las circunstancias. Es la versión de la paz que nos encanta a la mayoría. Que no pase nada que perturbe nuestro mundo personal o familiar, que nada nos desacomode, que ojalá transcurra mucho tiempo antes de que ocurra algo que nos saque de nuestra zona de confort.

Ahora bien, es natural que busquemos ese remanso si venimos de una experiencia agotadora o traumática, si estamos cansados o algo nos ha dejado sin ánimos y queremos tomar distancia de eso. Es sensato aspirar a que nuestro hogar tenga este tipo de paz tanto como sea posible. Pero como veremos enseguida, este es solo uno de los rostros de la paz en la vida humana y quizás el más efímero, pues es complicado mantenerse en esta forma por periodos prolongados.

La paz que es resultado de aprender a superar las dificultades que nos ofrece la vida sin perder la serenidad y sin rendirse, con creatividad, proactividad y unidad (en el caso de estar en grupo). Al final, nos queda una sensación de satisfacción y de estar mejor preparados que nunca para los desafíos por venir.

Es el tipo de paz que más debemos promover en nuestros hogares e inculcar a nuestros hijos, que no crezcan con la idea de que los problemas y los sufrimientos tanto en sus vidas individuales como en sus familias son más grandes que ellos y que solo les queda esperar que los aplasten. La paz en este caso radica en la victoria continua sobre las crisis, la aflicción y las dificultades.

La paz que es producto de aprender a convivir de manera fraterna y respetuosa. La convivencia es tal vez nuestro mayor reto y lo que más nos cuesta a diario lograr en casa y en todo lugar. Sin embargo, la experiencia de las familias que han conseguido la paz, luego de probar otros caminos para impedir su fracaso y ruptura final, son aquellas que han encontrado el equilibrio entre las necesidades individuales y las de todos; las que han comprendido que la clave de todo está en la convivencia, es decir, la capacidad de compartir en un ambiente de tolerancia y respeto, en el cual el amor y el interés por las personas que nos rodean son reales y no simples palabras o intenciones que se lleva el viento.

El amor es fundamental. Nuestros hijos necesitan sentir a diario que son importantes para sus padres y que son objeto de su amor. Así mismo, debe quedarles bien grabado en su disco duro que cada una de las personas con las que comparten el mismo techo o parentesco importa y es digna del mismo respeto y afecto que quisieran para sí mismos.

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