¿Cómo enseñar a ser feliz?

¿Cómo enseñar a ser feliz?

Independientemente de la manera como veamos la vida y los criterios con que hemos sido criados nosotros mismos, todos los padres —o por lo menos la mayoría— vivimos pensando en la felicidad de nuestros hijos y en cómo lograrla o mantenerla vigente, si es que ya hemos conseguido concretarla. Y son muchos los consejos que surgen y que circulan en torno a esta idea recurrente en la crianza, son embargo, se deben destacar como claves los que vienen a continuación.

Enséñales a disfrutar del juego. La diversión y la actividad lúdica en general, son indispensables en una vida feliz. La armonía que produce el juego en todas sus formas es irremplazable por cualquier otra actividad o alternativa. El juego es una prioridad en la agenda de nuestros hijos si nos interesa su bienestar y su realización.

Enséñales a manejar el tiempo y el dinero. El hecho de saber manejar el tiempo y los recursos financieros ofrece una ventaja muy significativa a nuestros hijos. Les prodiga autonomía, les imprime responsabilidad, disciplina y efectividad en su vida cotidiana. El éxito en sus relaciones y su trabajo también se verá favorecido si los enseñamos a valorar estos recursos para sí mismo y para los demás.

Enséñales el autocuidado y el autocontrol. Los niños felices son producto de una crianza en la que los de padres saben inculcarles virtudes como la paciencia, la disciplina, el control de las emociones. También sobresalen por hábitos como la responsabilidad con sus cosas y deberes, la capacidad de cuidar de sí mismo y de otros a su cargo, son personitas que tienen claro qué se espera de ellos.

Enséñales a ser buenos perdedores. Aunque suene un poco contradictorio, la felicidad de nuestros hijos, como la de cualquier persona, pasa por el aprendizaje que deja el hecho de saber perder. Al comprender que no siempre se gana y que no se tiene que ganar en todo permite a los chicos vivir con más sosiego y menos frustración, les quita una carga innecesaria de los hombros.

Exígeles en la justa medida. Los padres nos debemos a nuestros hijos, pero no en la forma de hacer todo por ellos ni de dejarles sin ninguna orientación, motivación o exigencia. Parte del amor que les prodigamos se manifiesta en esos empujoncitos que les damos de vez en cuando para que puedan tomar impulso y animarse a avanzar. Exigirles no es el problema sino hacerlo en el grado justo.

Enséñales a ser optimistas. A la sensación de fracaso y frustración hay que anteponerle una visión optimista de la vida. Los hijos necesitan tener esperanza e ilusiones, requieren de ese alimento positivo para ser felices.

Comunícales siempre con un lenguaje positivo. La reprensión y los regaños no pueden ser la manera normal de comunicarnos con nuestros hijos. El lenguaje negativo, criticón y recriminatorio solo hace que los chicos sigan haciendo las cosas mal y que crezcan con la idea de que no son buenos para nada o que nunca llenarán las expectativas de sus padres.

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