¿Cómo comunicarnos con nuestros hijos usando un lenguaje positivo?

¿Cómo comunicarnos con nuestros hijos usando un lenguaje positivo?

Hasta hace unos años, era muy raro que se pensara en explicarles a los chicos cómo debían hacer las cosas mejor o de la manera adecuada. Más bien lo que ha perdurado por décadas es que se los eduque por medio de reprensiones y críticas.

Es probable que hayamos sido criados en medio de palabras y expresiones que reforzaban lo negativo, que acentuaban lo feo y lo que no podíamos hacer bien. Pero sea que esto hay sido así o no, lo cierto es que las cosas han cambiado y, por eso, hoy en día los padres nos esforzamos en ser más amables y constructivos con lo que decimos y lo que no decimos a nuestros hijos.

El caso es que, en la actualidad, es cada vez más frecuente escuchar y ver a chicos y chicas más seguros de sí mismos y menos temerosos que sus progenitores. Eso es, en gran medida, consecuencia de los cambios que ha habido en la manera de tratar a los niños y los adolescentes tanto de palabra como de actitud.

Las familias que educan en el buen uso de la palabra —o dicho en otros términos—, en el uso de un lenguaje positivo, reafirman la confianza y la comunicación asertiva de los hijos. Les dan espacio para creer en sí mismos y en los demás; les enseñan a hacer las cosas de forma adecuada y les dan claridad sobre lo que está mal y lo que está bien hecho.

Como hemos insistido en muchas ocasiones, las palabras tienen poder tanto para animar como para derribar a una persona. Cuando las palabras con que nos dirigimos a nuestros hijos están cargadas de queja, insulto, rechazo, crítica, pesimismo o cualquier otra forma de negatividad, no podemos esperar menos de ellos que una autoestima baja y un comportamiento torpe o rebelde, sin hablar de su sentimiento de frustración.

Por el contrario, las palabras amables, que dan aliento y animan son un bálsamo aún en los momentos más complicados y adversos. No existe más potente propulsor de la autoestima que las palabras estimulantes de sus padres y tutores.

Erradiquemos de nuestro vocabulario todas esas frases que minan el entusiasmo de nuestros niños y jóvenes, para llenarlo a cambio de frases como “qué bien que lo hiciste”, “valió la pena tu esfuerzo”, “la próxima lo harás mejor”, “no te rindas, persiste”, “vas a ver que se puede hacer”, “es un problema pero tiene solución”, “no nos preocupemos, ocupémonos”; “eres muy bueno/buena en esto, ¿ah?”, “Veamos las alternativas”.

Podemos incluso crear nuestro propio diccionario de palabras positivas y generosas que quisiéramos escuchar de los demás y practicarlas con nuestros hijos hasta convertirlas en parte de nuestra esencia, sin duda los resultados no se harán esperar.

Cuidemos con especial esmero lo que les decimos a nuestros hijos y la forma como se lo decimos. No permitamos que pasen un día sin saber que los amamos y que, aunque tengamos diferencias, no estamos disgustados con ellos, ni creemos que sean unos fracasados porque no pudieron conseguir algo.

Es un hábito, y como tal hay que formarlo si no lo tenemos.

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